La ausencia de cuerpos se dejaba sentir en el aula. Las sillas oscuras permanecían alineadas como si se tratase de pequeños guerreros en espera de la orden de ataque. Lentamente, dos, tres, una docena, un poco más que una docena, acaso quince personas se dispersaron dentro del salón.
“El Comandante Supremo” llegó.
Una mirada efusiva,
Hojas frotándose y el lápiz rasgando garabatos.
Dos, tres pasos,
Al principio sorpresa ante la ausencia,
Luego vendría el desencanto.
Nuestro “Comandante Supremo” preguntó por qué éramos tan pocos. Nadie contestó, nadie se atrevió a decir que en toda guerra siempre hay bajas, siempre hay desertores que se esconden cuando el peligro realmente los amenaza.
Cinco estaban de licencia aquél día, los demás no tenían justificación.
Asentó su Miniuzzilaptop sobre el escritorio, esta vez las nalgas rosadas de Gaspar no violentaron nuestra sensibilidad estética.
Uno a uno,
Cayendo como piezas de dominó,
Fuimos lanzando el ataque sorpresa.
Un problema
Que se volvió un problema más grande,
Se arrojó contra el superior.
Muchos callaron, no prepararon su ataque
Y murieron
Con el silencio que fue su ruleta rusa.
Los que murieron permanecieron en la cuadrilla más tiempo del destinado. Pidieron citas con “El Comandante Supremo”, anhelaban una oportunidad para presentar su ataque sorpresa.
La verdadera sorpresa es que no hubo tal; todo fue tan predecible que era mediocre pensar que las cosas serían diferentes.
Cayendo,
Vamos cayendo,
Hasta no saber si el límite del impacto,
Nos romperá los huesos.
Cayendo,
Siempre cayendo,
Hasta que de nuestra espalda
Broten unas alas de papel.
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